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En la época del Google un lugar para La Ilustración | Lógicas colectivas | Cuatro+Uno
LÓGICAS COLECTIVAS

En la época del Google un lugar para La Ilustración
Oscar Zack

La época

Es indudable que en el mundo contemporáneo la práctica del psicoanálisis se encuentra cuestionada y amenazada. No solo en la consideración de su eficacia sino también por las exigencias que requiere la formación del psicoanalista, formación que no se encuentra en armonía con algunas exigencias de rapidez, celeridad o prisa que caracteriza la época actual.

Habitamos un mundo que propone lo líquido como una forma idealizada del lazo social, de tal forma que "La sociedad moderna líquida es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en una rutinas determinadas"…" La vida líquida, como la sociedad moderna líquida, no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo". [1]

En estas coordenadas se generan condiciones para el despliegue del discurso de la ciencia y de las pseudociencias que se proponen una estrategia en el cual en su horizonte aspira a que el psicoanálisis se viera reducido a ser un síntoma olvidado y guardado en algún museo de los recuerdos.

Para evitar que esos designios lleguen a sus lúgubres objetivos es necesario que nosotros, psicoanalistas, redoblemos nuestros esfuerzos para hacerle la contra.

La estrategia política del mundo actual sostenida en una supuesta racionalidad de la economía de mercado, ahora un poco cuestionada, intenta desconocer la singularidad de cada sujeto y pretende constituir, así, una falsa uniformidad regida por un significante amo que nos universalice.

Éste es, de alguna forma, una de las expresiones que adopta lo real y que debe enfrentar el psicoanálisis y los psicoanalistas.

 

La googlemania

Es sabido que el mundo actual, por efecto de la revolución tecnológica, está atiborrado de información, por cuyo efecto se constata que casi todo se puede saber, casi todo se da a ver, es para decirlo simplemente una época signada por el Google.

En su libro titulado Googleame, su autora Bárbara Bassin hace saber que el objetivo de Google es "organizar toda la información del mundo para volverla accesible y útil a todos" [2]

Hay que destacar, lo que no es un dato menor, que mucha de la información que circula por la red está sospechada en su confiabilidad, de tal forma que, en ocasiones, es difícil, a veces imposible, establecer una clasificación racional de la misma.

El paradigma de esto es Wikipedia, enciclopedia virtual en la que todo usuario tiene la posibilidad de modificar su estructura informativa incorporándole nuevos contenidos. De ahí que se constituya en un consultor sospechado en su confiabilidad y en su credibilidad, por lo cual es necesario separar lo que es del orden de la información del saber y también de la cultura.

En una época signada por una pragmática utilitarista donde los significantes amos se van desdibujando, se nos impone la era de Google que se define, a si mismo como un inocente "motor de búsqueda" que se jacta de tener, de manera inmediata, todas las respuestas a todas las preguntas, seria algo así como una idealización de la memoria, es si se quiere, aun sin saberlo, un homenaje a ese personaje borgiano conocido como Funes el memorioso.

Google tiene, como lo subrayó Jaques Alain Miller, una función: la de saber donde está el saber. Es un Otro que responde siempre y de manera casi inmediata, a cada pregunta una profusión de respuestas, no una sino muchas. Google obedece "a un tropismo totalitario, glotón y digestivo".

En su esperanzado proyecto está el de tener una información que alcance al universo entero (cine, televisión, libros, etc.). Esta casi delirante ambición lo ubica en el campo de la más absoluta necedad. Necedad que hace que "el sentido escape a Google, que cifre, pero no descifre". Su memoria se limita a retener las palabras "en su tonta materialidad", las palabras que adormecen.

Es el un intento ilusorio de construir la borgiana biblioteca de Babel.

 

La ilustración

Llegado a este punto me interesa hacer comparecer a un texto titulado: ¿Qué es la Ilustración? En él, Kant nos ofrece una brújula que permite metaforizar lo que seria esperable del trabajo de un cartelizante.

"La ilustración, escribe, es la salida del hombre de su minoría de edad, siendo la minoría de edad la incapacidad del hombre de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro". Dice mas: "que uno mismo es culpable (responsable diríamos nosotros) de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto de entendimiento sino en la falta de decisión y animo para servirse con independencia de el". Exclama:" ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración".

Esta sentencia podría escribirse en la puerta de entrada de cada cartel.

También, el filósofo, nos provee de algunas posibles causas de esa posición de dependencia a la que los sujetos suelen ser empujados por la inercia de su goce, así sentencia: "Es tan cómodo ser menor de edad."

Nuestra perspectiva señala que tanto la pereza como la cobardía son posiciones subjetivas necesarias para acomodarse en esa posición. Si hay otro que piensa y decide, cada sujeto podrá prescindir de su propio esfuerzo creyendo que así excluye su propia responsabilidad.

Esta posición subjetiva, inercial, gozosa, es una de las causas por las cuales podemos sostener, que a cada sujeto le será difícil salir, en forma individual, de la minoría de edad.

 

El cartel: Una oferta de Escuela

No es una osadía adjudicarle al dispositivo del cartel la cualidad de ser un "motor de búsqueda" a escala individual, no en soledad, sino con otros, con aquellos que se comparte una apuesta: pasar, en relación al saber, a la mayoría de edad.

En este aspecto es relevante recuperar la importancia del cartel como uno de los dispositivos idóneos para hacerle la contra, en nuestro campo, a algunos de los desatinos que se ofertan en nuestro campo.

Así, el cartel debería ser, y para muchos lo es, uno de los dispositivos princeps para la formación analítica en su perspectiva epistémica.

Es –o debería ser- un dispositivo puesto al servicio de suscitar algo del deseo de saber, de suscitar el deseo por un trabajo con otros, con intereses comunes, que funcione como una maquina al servicio del despertar, siempre bajo la égida de una transferencia de trabajo.

Sabemos de los efectos devastadores que suele tener lo reglamentado respecto al deseo; rutina y deseo suelen ser partenaires incompatibles. Será entonces una apuesta para que el practicante se invente su propio camino en una lógica que contemple la soledad de su decisión y su articulación con los otros.

Solo pero no en soledad.

De este modo el cartel es una oferta que se ubica en tensión con el discurso universitario al posibilitar y promover una relación a los textos por fuera del ritual o de la ceremonia.

Cada cartelizante se autoriza a transitar, en su trabajo epistémico, un camino particular conforme a su deseo.

Si al decir de Freud "lo que se aprende bajo transferencia no se olvida jamás", podríamos parafrasearlo y tratar de verificar si es valido afirmar que lo que se aprende bajo los efectos de la transferencia de trabajo posee el mismo destino, a saber: dejar marcas indelebles en la formación, es decir, alcanzar una elaboración de saber que produzca implicancias subjetivas.

El trabajo en el cartel, en la medida que promueve un lazo social que no hace grupo y que nos aleja de su dinámica (la búsqueda del líder con los efectos segregativos que promueve), apuesta a evitar los impasses y fracasos que aquellos promueven al ir gestando intereses políticos contrarios a lo esperable en el seno de una escuela analítica.

 

A modo de conclusión

Es sabido que cada época encuentra los filósofos que se encargan de divulgar los valores que prevalecen en ella, no será ésta la función del psicoanalista.

Sabemos que el psicoanálisis, sigue siendo la única práctica que protege la singularidad, razón por la cual se constituye en una presa apetecida, tanto para las neurociencias como para los poderes económicos asociados a la industria psicofarmacológica.

Es de suponer, entonces, que el psicoanálisis entraña algo muy preciado, de lo cual los analistas, que somos sus guardianes, no podemos permanecer ignorantes.

En este sentido, hay que sostener la apuesta por el cartel que, articulado a la Escuela, haga su aporte, no-solo para el reclutamiento de practicantes, sino también como un soporte princeps para la formación analítica.

Promover, estimular y encauzar el deseo de agruparse bajo este dispositivo, es en cierto modo consentir a transitar la formación analítica –bajo su perspectiva epistémica- que mejor se adecua al discurso analítico.

Se tratará que cada cartelizante no burocratice su trabajo, que se sustraiga de la inercia que lo empujaría a ser un funcionario del discurso analítico.

El cartel es, por muchas razones, una trinchera para hacerle frente a las amenazas que recaen sobre el porvenir del psicoanálisis. Es la trinchera donde cada uno, uno por uno, deberá encontrar, su propio camino singular.

Octubre del 2012


NOTAS

  1. Zygmunt Bauman. Vida Líquida. Paidós. 2006. Pág. 9
  2. Bárbara Bassin. Googléame. Fondo de Cultura Económica. 2008 Pág. 12